sábado, 18 de agosto de 2012

parte uno

Ésta es la historia de un momento en una vida imaginaria.
No pretende ser universal.
Podrán identificarse, claro, elementos comunes a vidas reales.

Son nueve menos veinte y ella se da cuenta que ya está oscuro. La temperatura ha bajado bastante y con el ventilador prendido y las ventanas abiertas, el ambiente está agradable. Sería bueno aprovechar a dormir, dado que las últimas noches no lo ha logrado plenamente. Un ratito aquí, otro allá, los ruidos, las picaduras de los mosquitos chiquititos, que se cuelgan entre los mosquiteros para agujerearle las piernas y al final, cuando ya agarró viaje el sueño, el monstruo despertador, anunciando que no queda más tiempo para soñar. Que hay que prepararse rápido y subir la montaña hacia el lugar de trabajo. El trabajo en sí no está tan mal. Los hay peores y más sacrificados, ella misma lo ha experimentado. Cuando la temperatura supera los cuarenta graditos centígrados, cuando el viento te reseca el alma y las fosas nasales, cuando debieras ducharte para que se te pase el mareo, cuando dos litros de agua no son suficientes para mantener tus tejidos hidratados, cuando calzas zapatos cerrados y pantalón largo y grueso, cuando un trozo de brazo, de pierna o de cuello puede resultar obsceno, a ciertos visitantes.... sentarse afuera es desagradable y trabajar parece imposible. Pero todos lo hacemos. Todos los desposeídos a medias. Ser un desposeído a medias implica tener una casa rentada, que no es tuya, o estar pagando una hipoteca que se abulta de intereses cuando no pagás a tiempo. Implica trabajar, pero no alcanzar un salario coherente con un estilo de vida modesto pero digno. Ella cuenta con familiares y amigos, no duda de sus afectos, pero la carencia de estos amores es profunda y a veces parece irreversible: la confianza. Muchas veces quiso definir confianza en otros idiomas. Confianza no es sólo saber que el otro, o los otros, o la conspiración del universo no desean dañarla. Confianza implica estar en confianza, poder ser uno sin ser rechazado ni juzgado por eso. Sin ofender, sin provocar, sin lastimar, porque nos conocemos y sabemos que somos distintos, que vemos el mundo distinto, que sentimos distinto los mismos estímulos y por eso mismo, nos valoramos.
Las lágrimas inundan sus ojos que nadie ve brillar, sin histeria, sin gritos, sin lamentos. Es sólo desasosiego. Siempre supo que iba a salir bien parada de esto, y la verdad es que la cosa ya no está tan mal. El último tropezón no fue su culpa, y a menos que realmente se tratara de una jugada tramposa sería sencillo solucionarlo, en dos días, cuando la oficina a una hora hirviente de viaje a dedo de su casa, abriera sus puertas y le aclararan exactamente cual es la situación de su legajo.
La angustia y la impotencia desbordaban su alma. Esperaba.
Todas las veces había llegado aquí llena de esperanza. También porque le prometían el oro y el moro, llámese renta básica, apoyo en su inserción al mercado laboral, ayuda para aprender un idioma que ya conocía bastante, todo parecía rodar sobre carriles de esperanza.
Pero la burocracia y la falta de atención lo trancaban todo. La falta de información, las exigencias del sistema de integración que en resumen, no tenía mucho más para ofrecerle que plazos incumplibles, trabajos parciales a la hirviente intemperie, estigmatizados como malolientes y de bajo nivel (linda forma de insertarse en una sociedad que afirma ser tu casa, aunque todo el tiempo te pregunten si viniste a trabajar a la casa de ellos. El diez por ciento de un alquiler que habia que conseguir sólo cuando no se tenía trabajo estable, Alma no pretendía quejarse, exigir, no le importaba limpiar con la lengua, en cuatro patas, los pelos que los turistas habían olvidado en la bañera de un cogedero con jacuzzi. Le molestaba que no le pagaran, que le exigieran compromiso cuando éste debía ser totalmente unilateral. Si hay trabajo tenés que venir en seguida, si no hay, cágate de hambre, no es mi problema.
Almita estaba triste y si bien el trabajo nuevo era menos sacrificado, tenía la sensación de que la estaban cagando. La vuelta a casa por dos horas, dejaba como resultado 10 horas de esclavitud moderna (remunerada) de las cuales sólo cobraba 8. sólo por un mes, luego, si efectivamente conservaba el puesto como le habían prometido, el oro y el moro se reducirían a 5 horas, medio salario mínimo, y un 15 porciento de descuentos en juguetes para sus sobrinos que la miraban, casi siempre, con desprecio.
Almita estaba lastimada, angustiada, preocupada, desahuciada. Sus sueños, sus anhelos, sus proyectos, sus ganas de vivir y trascender se iban apagando como la luz de una vela a la que ya se le estaba terminando el cebo.
Cebó otro mate, estaba frío. Casi tan frío como su alma pero esto era más fácil de solucionar con lo que las compinches llamaban el método Herbert. Sacó la bombilla y le volcó agua caliente del termo en los agujeritos del filtro. La reinsertó en la yerba y se tomó el mate. Como el trabajo que había conseguido no estaba ni tan mal ni tan bien, pero con las sucesivas cebadas lo fue acomodando hasta que lo pudo disfrutar. Estaba muy cansada, debilitada, falta de ánimo. Lo mejor era dormir. Pero el sueño no llegaba gracias al desasosiego y pensaba en la manera de desaparecer.

Le gustaba la vida. La verdad que Almita disfrutaba de cosas simples, no se complicaba. Pero la situación como estaba no daba señales claras de que iba a mejorar. No había nadie con quien tuviera confianza suficiente para hablar de estas cosas. Estaba asustada. No sabía de qué. La indigencia no la asustaba, la aterrorizaba la asfixia,. El abandono de sus valores y esa desesperanza. La lágrima silenciosa recorría su mejilla izquierda, mientras la pupila de derecha controlaba el texto en el monitor. Un texto sin destino, sin oportunidad de ser publicitado, sin expectativa de interesar a nadie. Un texto terapéutico que pedía a gritos que el dolor se le escapara, que le diera la oportunidad de sacar de todo esto lo mejor y lo mejor de sí, si es que había algo bueno en ella, algo que valiera la pena de seguir transando su mundo mejor por un sueldo mínimo que ahí no era tan insuficiente como en otros lados.
Ya eran las 7 de la mañana cuando Almita se despertó por un ruido de origen desconocido. Almita estaba sensible. No es que el ruido fuera tan fuerte como el de los aviones que la habían despertado a las 6, hacía dos semanas cuando su cuñada le habia hablado de guerra, y de llevar a los niños a la otra patria, a la natal, cosa de la que había, implícitamente que convencer al padre. Ella le dio dos pepinitos de su huerta, un poco de rúcula y un delicioso calabacín. Por lo menos era lo que Almita pensaba. Le resultó bastante extraño que ella aparentemente, no iría.¿Sería por su trabajo? Dulce trabajaba en salud y estos servicios son considerados fundamentales. Dulce estaba preparando la cena y les dió a los niños un pepino a cada uno. Sin pelar, porque eran orgánicos. Almita se sentó en el sofá. La peque mordió el pepino y manifestó claramente que era una delicia: metió la mano en el plato de su hermano y le afanó el pepino. Bomboncito se puso a llorar. Almita retó a su sobrina y prometió traerles más. Dulce aclaró: cuando hayan, Almi les va a traer. Almita pensó en los 4 pepinos chiquititos que quedaron en la planta, en los tomates apenas anaranjados, en los zapallitos que todavía no habían florecido, y en la guerra. Los niños terminaron de comer y Almita los ayudó a lavarse. Dulce limpió la mesa y se tiro en el sofá. Estaba muerta de sueño, cosa bastante lógica porque muchas veces trabajaba de noche y luego de mañana y a las cuatro los niños salían del jardín y no importaba quien estuviera con ellos, siempre querían entrar al cuarto y despertarla para que estuviera con ellos. No era extraño, no. Más extraño fue cuando Almita se sentó encima de una prescripción médica, que revisó por creer que se le había caído de la mochila. Estaba a nombre de Dulce: ácido fólico.

Almita se quedó callada, tratando de disimular. Seguramente ella como tía, todavía no tenía derecho a darse por enterada de semejante novedad. Estaba contenta y como de costumbre, a pesar de la tristeza que le producía no poder reaccionar por falta de confianza. Los niños volvieron a pedirle que se fuera, como hacían siempre. Y ella se fue, ya era tarde, estaba incómoda. Al atravesar la puerta se sintió liberada pero confundida, sin saber exactamente qué parte del entrevero la preocupaba más. Ni cuenta se dió como llegó a la casa. Se fijo en los diarios y como siempre había unos líos bárbaros.
A Almita no le gustaba estar pendiente de las noticias. La ponían nerviosa. El mundo en que habitaba se conducía y comportaba de una manera para ella tan incomprensible que prefería vivir al margen. Regó los tomates, los pepinos, las calabazas y todas esas cosas que sin mucho cuidado habían crecido en el patio delantero. Sobre algún tipo de relleno dónde pocas veces había revuelto para retirar el escombro y agregar un poco de tierra verdadera. Cortó unas flores, preparó un té, y se sentó a admirar los melones que estaban empezando a aparecer. ¡melones! Almita tiraba las semillas al patio. Para que tuvieran una oportunidad de vivir. Almita amaba la vida. La de ella y la de todo lo demás. Almita estaba deslumbrada con esa huerta casi accidental que hacía varios meses ya, le estaba proporcionando alimentos. Llegó el vecino. Saludó. Vino buscando a su gata la Shula y se quedó a oler las flores. Fue entonces que un acceso de tos se apoderó de Almita.

Eran las 7 y corría un aire fresquito. Era la gran ventaja de vivir por encima del nivel del mar. Aquí se podía disfrutar de estar afuera. A Almita no le gustaba estar encerrada, con el aire acondicionado y además fumaba, cosa que no se daba muy bien en un ambiente que debe cerrar casi hermético para que la refrigeración sea efectiva. Tengo que dejar de fumar. Dijo Almita después de ir al baño a expectorar. Es por el Asbesto, dijo José, el vecino. Empiezo a pensar que todos tenemos algo. Shula, la gata, también tosía.

Almita no conocía tan bien el idioma como para entender qué era el Asbesto. Un material de construcción (tal vez la parte del lenguaje que Almita menos conocía en general, junto con los rangos del ejército, o de la policía, de nada serviría traducirlo) Se comprobó que el Amianto, o Asbesto, provoca cáncer de pulmón porque libera partículas minúsculas indestructribles que son aspiradas. Estaba por todos lados, en el patio, debajo de la huerta de Almita donde habían crecido los pepinos que se comió la peque, que se comía ella, y debajo de la casa, y partido en pedacitos chiquititos integrados al escombro. Para Almita la cosa estaba clara, había que rajar, otra vez.
Por si fuera poco intentar dormirse con ese pensamiento, intentando no estresarse porque no tenía idea a dónde ir, después de tanto tiempo con un sueldo que apenas alcanzaba para pagar los gastos, en un país dónde no había confianza, sin recursos propios para alquilar otra casa, pagar una mudanza, a riesgo de no conseguir trabajo ahí tampoco, y pagar un alquiler más caro, que el seguro que de todas formas pronto se acabaría, no podría cubrir, se despertó sobresaltada con el paso de los aviones. ¿habría empezado la guerra?

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