Ésta es la historia de un
momento en una vida imaginaria.
No pretende ser universal.
Podrán identificarse,
claro, elementos comunes a vidas reales.

Son nueve menos veinte y ella se da
cuenta que ya está oscuro. La temperatura ha bajado bastante y con
el ventilador prendido y las ventanas abiertas, el ambiente está
agradable. Sería bueno aprovechar a dormir, dado que las últimas
noches no lo ha logrado plenamente. Un ratito aquí, otro allá, los
ruidos, las picaduras de los mosquitos chiquititos, que se cuelgan
entre los mosquiteros para agujerearle las piernas y al final, cuando
ya agarró viaje el sueño, el monstruo despertador, anunciando que
no queda más tiempo para soñar. Que hay que prepararse rápido y
subir la montaña hacia el lugar de trabajo. El trabajo en sí no
está tan mal. Los hay peores y más sacrificados, ella misma lo ha
experimentado. Cuando la temperatura supera los cuarenta graditos
centígrados, cuando el viento te reseca el alma y las fosas nasales,
cuando debieras ducharte para que se te pase el mareo, cuando dos
litros de agua no son suficientes para mantener tus tejidos
hidratados, cuando calzas zapatos cerrados y pantalón largo y
grueso, cuando un trozo de brazo, de pierna o de cuello puede
resultar obsceno, a ciertos visitantes.... sentarse afuera es
desagradable y trabajar parece imposible. Pero todos lo hacemos.
Todos los desposeídos a medias. Ser un desposeído a medias implica
tener una casa rentada, que no es tuya, o estar pagando una hipoteca
que se abulta de intereses cuando no pagás a tiempo. Implica
trabajar, pero no alcanzar un salario coherente con un estilo de vida
modesto pero digno. Ella cuenta con familiares y amigos, no duda de
sus afectos, pero la carencia de estos amores es profunda y a veces
parece irreversible: la confianza. Muchas veces quiso definir
confianza en otros idiomas. Confianza no es sólo saber que el otro,
o los otros, o la conspiración del universo no desean dañarla.
Confianza implica estar en confianza, poder ser uno sin ser rechazado
ni juzgado por eso. Sin ofender, sin provocar, sin lastimar, porque
nos conocemos y sabemos que somos distintos, que vemos el mundo
distinto, que sentimos distinto los mismos estímulos y por eso
mismo, nos valoramos.
Las lágrimas inundan sus ojos que
nadie ve brillar, sin histeria, sin gritos, sin lamentos. Es sólo
desasosiego. Siempre supo que iba a salir bien parada de esto, y la
verdad es que la cosa ya no está tan mal. El último tropezón no
fue su culpa, y a menos que realmente se tratara de una jugada
tramposa sería sencillo solucionarlo, en dos días, cuando la
oficina a una hora hirviente de viaje a dedo de su casa, abriera sus
puertas y le aclararan exactamente cual es la situación de su
legajo.
La angustia y la impotencia desbordaban
su alma. Esperaba.
Todas las veces había llegado aquí
llena de esperanza. También porque le prometían el oro y el moro,
llámese renta básica, apoyo en su inserción al mercado laboral,
ayuda para aprender un idioma que ya conocía bastante, todo parecía
rodar sobre carriles de esperanza.
Pero la burocracia y la falta de
atención lo trancaban todo. La falta de información, las exigencias
del sistema de integración que en resumen, no tenía mucho más para
ofrecerle que plazos incumplibles, trabajos parciales a la hirviente
intemperie, estigmatizados como malolientes y de bajo nivel (linda
forma de insertarse en una sociedad que afirma ser tu casa, aunque
todo el tiempo te pregunten si viniste a trabajar a la casa de ellos.
El diez por ciento de un alquiler que habia que conseguir sólo
cuando no se tenía trabajo estable, Alma no pretendía quejarse,
exigir, no le importaba limpiar con la lengua, en cuatro patas, los
pelos que los turistas habían olvidado en la bañera de un cogedero
con jacuzzi. Le molestaba que no le pagaran, que le exigieran
compromiso cuando éste debía ser totalmente unilateral. Si hay
trabajo tenés que venir en seguida, si no hay, cágate de hambre, no
es mi problema.
Almita estaba triste y si bien el
trabajo nuevo era menos sacrificado, tenía la sensación de que la
estaban cagando. La vuelta a casa por dos horas, dejaba como
resultado 10 horas de esclavitud moderna (remunerada) de las cuales
sólo cobraba 8. sólo por un mes, luego, si efectivamente conservaba
el puesto como le habían prometido, el oro y el moro se reducirían
a 5 horas, medio salario mínimo, y un 15 porciento de descuentos en
juguetes para sus sobrinos que la miraban, casi siempre, con
desprecio.
Almita estaba lastimada, angustiada,
preocupada, desahuciada. Sus sueños, sus anhelos, sus proyectos, sus
ganas de vivir y trascender se iban apagando como la luz de una vela
a la que ya se le estaba terminando el cebo.
Cebó otro mate, estaba frío. Casi tan
frío como su alma pero esto era más fácil de solucionar con lo que
las compinches llamaban el método Herbert. Sacó la bombilla y le
volcó agua caliente del termo en los agujeritos del filtro. La
reinsertó en la yerba y se tomó el mate. Como el trabajo que había
conseguido no estaba ni tan mal ni tan bien, pero con las sucesivas
cebadas lo fue acomodando hasta que lo pudo disfrutar. Estaba muy
cansada, debilitada, falta de ánimo. Lo mejor era dormir. Pero el
sueño no llegaba gracias al desasosiego y pensaba en la manera de
desaparecer.
Le gustaba la vida. La verdad que
Almita disfrutaba de cosas simples, no se complicaba. Pero la
situación como estaba no daba señales claras de que iba a mejorar.
No había nadie con quien tuviera confianza suficiente para hablar de
estas cosas. Estaba asustada. No sabía de qué. La indigencia no la
asustaba, la aterrorizaba la asfixia,. El abandono de sus valores y
esa desesperanza. La lágrima silenciosa recorría su mejilla
izquierda, mientras la pupila de derecha controlaba el texto en el
monitor. Un texto sin destino, sin oportunidad de ser publicitado,
sin expectativa de interesar a nadie. Un texto terapéutico que pedía
a gritos que el dolor se le escapara, que le diera la oportunidad de
sacar de todo esto lo mejor y lo mejor de sí, si es que había algo
bueno en ella, algo que valiera la pena de seguir transando su mundo
mejor por un sueldo mínimo que ahí no era tan insuficiente como en
otros lados.
Ya eran las 7 de la mañana cuando
Almita se despertó por un ruido de origen desconocido. Almita estaba
sensible. No es que el ruido fuera tan fuerte como el de los aviones
que la habían despertado a las 6, hacía dos semanas cuando su
cuñada le habia hablado de guerra, y de llevar a los niños a la
otra patria, a la natal, cosa de la que había, implícitamente que
convencer al padre. Ella le dio dos pepinitos de su huerta, un poco
de rúcula y un delicioso calabacín. Por lo menos era lo que Almita
pensaba. Le resultó bastante extraño que ella aparentemente, no
iría.¿Sería por su trabajo? Dulce trabajaba en salud y estos
servicios son considerados fundamentales. Dulce estaba preparando la
cena y les dió a los niños un pepino a cada uno. Sin pelar, porque
eran orgánicos. Almita se sentó en el sofá. La peque mordió el
pepino y manifestó claramente que era una delicia: metió la mano en
el plato de su hermano y le afanó el pepino. Bomboncito se puso a
llorar. Almita retó a su sobrina y prometió traerles más. Dulce
aclaró: cuando hayan, Almi les va a traer. Almita pensó en los 4
pepinos chiquititos que quedaron en la planta, en los tomates apenas
anaranjados, en los zapallitos que todavía no habían florecido, y
en la guerra. Los niños terminaron de comer y Almita los ayudó a
lavarse. Dulce limpió la mesa y se tiro en el sofá. Estaba muerta
de sueño, cosa bastante lógica porque muchas veces trabajaba de
noche y luego de mañana y a las cuatro los niños salían del jardín
y no importaba quien estuviera con ellos, siempre querían entrar al
cuarto y despertarla para que estuviera con ellos. No era extraño,
no. Más extraño fue cuando Almita se sentó encima de una
prescripción médica, que revisó por creer que se le había caído
de la mochila. Estaba a nombre de Dulce: ácido fólico.
Almita se quedó callada, tratando de
disimular. Seguramente ella como tía, todavía no tenía derecho a
darse por enterada de semejante novedad. Estaba contenta y como de
costumbre, a pesar de la tristeza que le producía no poder
reaccionar por falta de confianza. Los niños volvieron a pedirle que
se fuera, como hacían siempre. Y ella se fue, ya era tarde, estaba
incómoda. Al atravesar la puerta se sintió liberada pero
confundida, sin saber exactamente qué parte del entrevero la
preocupaba más. Ni cuenta se dió como llegó a la casa. Se fijo en
los diarios y como siempre había unos líos bárbaros.
A Almita no le gustaba estar pendiente
de las noticias. La ponían nerviosa. El mundo en que habitaba se
conducía y comportaba de una manera para ella tan incomprensible que
prefería vivir al margen. Regó los tomates, los pepinos, las
calabazas y todas esas cosas que sin mucho cuidado habían crecido en
el patio delantero. Sobre algún tipo de relleno dónde pocas veces
había revuelto para retirar el escombro y agregar un poco de tierra
verdadera. Cortó unas flores, preparó un té, y se sentó a admirar
los melones que estaban empezando a aparecer. ¡melones! Almita
tiraba las semillas al patio. Para que tuvieran una oportunidad de
vivir. Almita amaba la vida. La de ella y la de todo lo demás.
Almita estaba deslumbrada con esa huerta casi accidental que hacía
varios meses ya, le estaba proporcionando alimentos. Llegó el
vecino. Saludó. Vino buscando a su gata la Shula y se quedó a oler
las flores. Fue entonces que un acceso de tos se apoderó de Almita.
Eran las 7 y corría un aire fresquito.
Era la gran ventaja de vivir por encima del nivel del mar. Aquí se
podía disfrutar de estar afuera. A Almita no le gustaba estar
encerrada, con el aire acondicionado y además fumaba, cosa que no se
daba muy bien en un ambiente que debe cerrar casi hermético para que
la refrigeración sea efectiva. Tengo que dejar de fumar. Dijo Almita
después de ir al baño a expectorar. Es por el Asbesto, dijo José,
el vecino. Empiezo a pensar que todos tenemos algo. Shula, la gata,
también tosía.
Almita no conocía tan bien el idioma
como para entender qué era el Asbesto. Un material de construcción
(tal vez la parte del lenguaje que Almita menos conocía en general,
junto con los rangos del ejército, o de la policía, de nada
serviría traducirlo) Se comprobó que el Amianto, o Asbesto, provoca
cáncer de pulmón porque libera partículas minúsculas
indestructribles que son aspiradas. Estaba por todos lados, en el
patio, debajo de la huerta de Almita donde habían crecido los
pepinos que se comió la peque, que se comía ella, y debajo de la
casa, y partido en pedacitos chiquititos integrados al escombro. Para
Almita la cosa estaba clara, había que rajar, otra vez.
Por si fuera poco intentar dormirse con
ese pensamiento, intentando no estresarse porque no tenía idea a
dónde ir, después de tanto tiempo con un sueldo que apenas
alcanzaba para pagar los gastos, en un país dónde no había
confianza, sin recursos propios para alquilar otra casa, pagar una
mudanza, a riesgo de no conseguir trabajo ahí tampoco, y pagar un
alquiler más caro, que el seguro que de todas formas pronto se
acabaría, no podría cubrir, se despertó sobresaltada con el paso
de los aviones. ¿habría empezado la guerra?